Wednesday, June 18, 2008

UN “MOLINA ROJO”

Sorprendente, igual que Hulk, nuestro gran amigo Jorge Molina –cineasta, actor, agitador, erotómano, polémico, autista- tiene un “alter-ego” rojo. Acaba de estrenar “MOFO”, su nuevo mediometraje que tuve el placer de escribir para él en su versión cuasi-definitiva hace… ¡cuatro años! Disfruté como loco de la experiencia y, a pesar de ser una obra llena de guiños a géneros como el “noir”, erótico y el terror, refleja el estado mental en el que ambos andábamos por esos días. El tema es que la nueva obra de este “autor” cubano absolutamente A CONTRACORRIENTE de las tendencias fílmicas de la isla, está consiguiendo buena aceptación y repercusión en público y medios en su país de origen. En breve, Paura Flics hará circular esta película sexual y onírica en Argentina. Mientras tanto, podéis ir dándoos una idea de lo que os espera leyendo esta pieza que el crítico cubano Juan Antonio García Borrero ha publicado en su blog. Partamos de esta base: todos los críticos de cine tienen afición al onanismo mental… Pero pocos lo hacen de manera tan cándida y exhaustiva como los estudiosos cubanos. Disfruten la pieza…

Un fotograma de "Molina's Culpa"

MOLINA ROJO

El gran pensador cubano Enrique José Varona solía asegurar que “el hombre es atisbador por naturaleza. Lo que cambia es el campo de observación. Unos miran por el ocular de un telescopio. Otros por el ojo de una cerradura”.

¿Qué habrá pensado Varona, tan apegado al positivismo (o sea, a la observación meticulosa del comportamiento más externo del ser humano), de lo que entonces iba siendo la gran novedad de su época: el cinematógrafo? ¿Llegaría a intuir que el cine habría de convertirse en una de las herramientas más sofisticadas que ha inventado el Hombre (inclúyase a la mujer) para “espiar” lo que los otros hacen más allá del espacio público?, ¿No ha sido el cine esa sala oscura donde varias generaciones aprendimos a pensar el sexo en la oscuridad, “mirando” cómo se besaban nuestros héroes predilectos?, ¿no fue bajo el influjo de una música empalagosa que por primera vez “tocamos” a aquella primera novia, con el pretexto de protegerla?

El cine (catedral atea del onanismo) chocó desde un inicio con esos policías de la carne que se empeñan en dictar absurdos reglamentos al deseo. Estos lo acusaron de despertar los bajos instintos de la humanidad, como si la excitación sexual fuese un signo de decadencia, y no justo lo contrario. Ciertas prácticas cinematográficas comenzaron a asociarse a lo inmoral, a lo vicioso, cuando en verdad “la realidad”, con sus miserias y contradicciones, más obscena no puede ser. Para estos comisarios de la lascivia, un pene disparando semen sobre el rostro de una mujer que voluntariamente espera ese baño de felicidad, es más peligroso que la visión de un fusil ametrallando a unos cuantos humanos. Quizás porque tanta hipocresía lo hastiaba, el viejo y sabio Varona llegó a asegurar en otro lúcido aforismo que “la virtud no es obediencia, sino elección”.

En Cuba el único cineasta que hasta ahora ha encarado sin tapujos el asunto se llama Jorge Molina. Para este realizador graduado de Dirección en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, el sexo no solo forma parte natural de la vida, sino que a estas alturas, y debido a las absurdas censuras que aún se le sigue imponiendo, es tal vez la fuente más peligrosa de infelicidad que tiene el humano de esta época. Eso parece decirnos “Molina’s Mofo”, su última producción, una historia futurista donde uno puede reconocer, sin embargo, al Hombre de ahora mismo, ese individuo cada vez más acosado por la incomunicación, en una época que se llama a sí misma, “la era de las comunicaciones”.

Doy por descontado que “Mofo” contiene las mejores escenas de sexo filmadas alguna vez por un cineasta residente en la isla. Ya sabemos que en nuestro cine estas secuencias suelen ser algo así como una cerveza sin alcohol: prometen epifanía, y solo nos conceden el mal simulacro de una festividad. En “Mofo” Molina llega decidido a convertir la cámara en una suerte de extensión de nuestra propia piel. Su desparpajo nos hace parte de esas aventuras libidinosas a las que se entrega el personaje interpretado por Díaz de Villegas (este nos confirma que es un actor que no conoce de etiquetas: lo suyo es mudar de piel cada vez que se asoma a la pantalla, y presentarse como alguien que acaba de llegar a este mundo).

En la película de Molina, el olor a sexo (a Vida, así con mayúscula), lo impregna todo. No importa que el relato gire en torno a la Muerte, y una y otra vez se nos insinúe el oscuro desenlace, un desenlace que solo es oscuro en la misma medida que olvidamos la pulcra finitud del ser. No se piense, sin embargo, que estamos en presencia de un filme simplemente hardcore (lo cual, en una época donde ya lo que se discute es el post-porno, tampoco sería un problema), sino que hablamos de un corto con claras resonancias metafísicas. En el fondo de tanto “inmoralismo”, como casi siempre ocurre, se percibe un moralista de otro tipo.

Parece claro que Molina estará condenado, por los siglos de los siglos, a figurar como el gran “outsider” del cine cubano al uso. Su manera de percibir la realidad no encaja con esa estrategia falsamente realista, en la cual se van organizando relatos que retratan conflictos epidérmicos, y donde los individuos no son individuos enfrentados a ellos mismos, sino seres que aceptan determinadas máscaras sociales, y que en virtud de esas máscaras, asumen compromisos y lealtades, y terminan comportándose del modo que los demás esperan que sean, y no como realmente son.

Las películas de Molina tienen otra pretensión. Son incursiones en el ser interior (en el ser “profundo”), pero no en ese ser espiritual que un romanticismo cada vez más decadente termina falsificando por temor a enfrentar la realidad como es: la realidad con sus luces y sus monstruos. No digo que esta manera de ver la vida sea mejor o peor. Lo que agradezco es la valentía del autor para ser coherente con esa cosmovisión tan personal, valentía cada vez más inusual en una época donde las dictaduras del “buen gusto” están terminando por anular la imaginación audiovisual. Como si el “Fin de la Historia” hubiese empezado por Hollywood, y su capacidad de fabulación.

Los que hemos seguido la obra de Jorge Molina, iniciada en 1993 con “Molina’s Culpa”, podemos descubrir en “Mofo” muchas de sus obsesiones. Pero también un evidente crecimiento como narrador. Su historia fluye con una transparencia envidiable, sin que (a diferencia de algunos filmes anteriores), esas angustias de siempre se conviertan en guiños gratuitos. Es como si Molina decidiera concentrar esta vez toda su atención en la suerte de ese personaje frágil y desolado, restándole protagonismo al resto.

Incluso esa formidable cinefilia que ha permitido que su realizador se de el lujo de negar el cine de Autor, siendo él mismo un Autor, por esta ocasión apenas se nota. O se nota menos, aunque uno sabe que está allí, en tanto Molina (como Scorsese, Coppola, o Spielberg) pertenece a esa generación de cineastas que se han formado “viendo películas” en una escuela de cine, y que todo lo que hacen lo piensan como un modo de rendir homenaje a la tradición (aunque en su caso subvirtiéndola).

En “Mofo” esa tradición de la que el cineasta se nutre para armar su película termina siendo sangre que fluye invisible por cada uno de los fotogramas, hasta convertir la película en lo que es: otro ejemplo impecable de lo que a estas alturas va siendo, dentro del cine cubano, todo un género exótico que pudiéramos nombrar “Molina rojo”. Violenta y amorosamente rojo.

Juan Antonio García Borrero

1 comment:

Romain Chatagneau said...

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